La vida pasa, de una manera inevitable. Y nunca falta la oportunidad en ella de moverse, de generar energía e impulsarse sobre nuestros pasos, eligiendo nuestro camino. En cada uno de nosotros se haya un sabio que con una parsimonia entusiasta trata de apilar los trastos de nuestro registro para dejarnos con una visión mas clara y provechosa de lo que sucede ante nuestras narices. Es un glorioso momento de indómito asombro cuando percibimos cosas que antes no lográbamos hacerlo de una manera tan marcada… aumentamos nuestro poder, quizás tengamos la chance de dominar esa caprichosa balanza del destino.
De los errores se aprende de todos, menos del último. Pero no por mera coincidencia uno de los dichos mas antiguos del mundo es “El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”, seguramente elaborado por grandes pensadores cavernícolas en el agitado período paleolítico. Y he aquí la gran Ironía que condena y a la vez rebalsa de belleza la existencia del hombre: No importa que tan potenciales puedan llegar a ser nuestras mentes, que tan repetidos sean los postulamientos de la sabiduría, que tan convencidos estemos de haber aprendido, siempre vamos a tener la otra bendita chance de hacer todo mal, una y otra vez. Tenemos la verdad al alcance, pero el ser antagónico se impone en nuestra mente…
Nos tienta con las bondades del infierno que nosotros mismos somos capaces de crear, en el que somos su propio diablo, una oferta que tienta a nuestros mas oscuros resentimientos de revelarse. El relativismo que lo justifica todo y la soberbia nos lleva a encerrarnos, nos sentimos autosuficientes, completos, se nos hacen innecesarias otras perspectivas, y las carencias a las que nos desemboca el estar equivocados se convierten en objetivos tozudamente eternos que tergiversamos a imagen de los demás para aparentar perfección.
Somos seres no revelados, andamos perdidos. Todavía circunspectos a necesidades que, aunque puedan mostrarse de la forma mas sofisticada, dan noticia de que todavía nos falta aprender de lo mas importante, lo mas interno y esencial. Nuestra mayor sed es ese diablo, la careta, la superficialidad, un éxito vacío, y esa es la única razón en nosotros por la que tropezamos dos veces con una misma piedra. Por mostrar fuerza nos debilitamos internamente. Lo único certero en ese triste punto es nos duele la verdad, tanto como nos ciega la claridad, dejandonos marcas que nos encierran en sus historias. Guardamos sentimientos, controlamos impulsos, cedemos a los miedos. Renegamos de los gritos interiores y demacramos nuestra superficie por contener los sismos que entona nuestra verdad. La vida pasa, el tiempo del que ella está hecha corre. Nacemos del amor y enfrentamos a lo largo de todo este tramo el peligro de perderlo, nacemos siendo nada y enfrentamos la única chance de ser algo, de soñar ser algo más, y de lograrlo todo si se puede. Cómo desorientarnos y desentendernos del amor, del sentimiento, del momento único, de la pasión, de todo eso que nos complementa en el sentido mas puro, y absuelto de toda ironía terrenal? La perfección no tiene lugar en esta vida de tiempo, nada mas bello y artístico que curtir nuestra imperfección. Y el poder es un espejo malicioso con una imagen enviciante, solamente cuando nos enamoramos de los instantes es cuando tenemos la eternidad a nuestro alcance. Tenemos eso, todo lo que sobra es solo un puñado de infierno con el que atragantarse antes de echarnos a volar.
Un miedo, una inseguridad, se pueden convertir en un tirano que lidere nuestro camino. El camino longevo, el camino de los minutos adormecidos, una pizca de muerte. Libres de culpa y cargo, nos hayamos mas sometidos que nunca.
Siento, intuyo y vuelvo a andar, buscando siempre perdurar...
Quiero ver lo que ocultás, esto no es hambre esto es VOLAR ♪
Más allá todo es más real.
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