sábado, 30 de octubre de 2010

Sol.

Él es el inmenso, el que departe en nuestro universo. Incandescente voz que nos susurra cada segundo de vida. Padre de nuestra piel curtida, de toda sabiduría. A menudo, cuando me desprecio, comprendo la razón infinita de este accidente, y clamo en reverencias y homenajes mi pertenencia. Espero con una fé elevada de lo mas simple cada uno de sus accionares, y los de su influencia. . Juez del siempre condenado en algún nunca, nos abraza con sus erupciones y nos da el mismo derecho. En cada paso que doy, soy perdonado de una manera total e indiferente por un Dios que arde en la bóveda del infinito, postrado ante mí - ante todos-. Frente a él y bajo su misericordia de lejanía, se revela y ahinca mi condición de pequeño soplo perdido en un caos de semejantes. Las circunstancias se minimizan, hasta nuestra intervención mas vil en esta vorágine se vuelve nada. Estamos atorados en una realidad que es partícula. Arte mucho y muy curioso puede ocasionar una partícula, sin embargo. Puede dibujar. Puede esbozar, con todo el aliento que va a matar su vida, un símbolo. Un símbolo que invoque a su majestuosa estrella, la sofocante energía máxima que la guía, el omnisciente Sol.




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